La gente tiende a asociar la soledad con lo físico, con una presencia convertida en ausencia; de uno mismo o de otros, de los que ya no están o nunca han estado. Pero estar solo es muchas cosas, es una condición compleja, y a veces es un modo de ser.

Cuando ninguna palabra expresa lo que sientes y las ideas deambulan sin sentido ni forma, estás solo. No ser comprendido es estar solo; tener que morir es estar profundamente solo. Las expectativas y los fracasos, los sueños que no se cumplen y la mirada ante el espejo; todo eso es estar solo. La mano que escribe y la vejez son estar solo. Pero sobre todo el tiempo, la soledad se parece al tiempo.

Ayer, después de cerrar el estudio, salí a dar una vuelta. No tenía planes pero necesitaba hablar con alguien. Después de caminar varias cuadras entré a un bar que había visitado un par de veces antes. Se llama El Templo. Durante los días de semana no suele haber mucha gente, algunos regulares y quizás un tipo que está de paso como yo. Me senté en la barra y pedí un vodka con jugo de arándano, pero el barman me dijo que no tenía. Acepté la sugerencia del jugo de naranja con granadina. Mientras lo servía se refirió al trago como un ‘clásico’, en mi opinión es más bien típico, cercano a lo ordinario. En la barra también estaba sentado un hombre de unos treinta años, no parecía uno de los regulares, que suelen ocupar las mesas del fondo. No sé si escuchó la conversación o se dio cuenta del descontento en mi cara, pero unos segundos después hizo un comentario sobre el trago.

– Pocos bares tienen jugo de arándano.

Lo dijo buscando mis ojos, intentando hacer conversación. No respondí nada, levanté mi vaso con una mueca de frustración en una especie de brindis resignado.

– No es un trago de bebedores. Los que vienen a tomar de verdad piden otras cosas. Al bar no le convienen los tragos casuales, ¿no es así, amigo? – preguntó dirigiéndose al barman.

Yo también lo miré, el cantinero contestó mientras ordenaba unos vasos sin levantar la cara:

– Todos los clientes son bienvenidos.

Fue lo único que dijo. Nosotros nos miramos y brindamos en silencio. Pasaron dos o tres minutos, sabía que volvería a hablar.

– ¿Mal día? – preguntó.

– No. Salí del trabajo y no quería irme a casa. Entré aquí por casualidad.

Él esperaba mis preguntas pero no hice ninguna, sabía que no necesitaba mi ayuda para seguir hablando.

– Vives cerca… – dijo afirmando y preguntando al mismo tiempo, respondí que sí -. Yo también. No hago esto seguido, pero hoy tenía que salir.

Le pregunté por qué sabiendo lo que eso desencadenaría. Preferí escuchar, no quería hablar de mí ni empezar a contar historias. Últimamente me he sentido un poco frustrado con el tema del libro y el proyecto, creo que estoy estancado. Al menos esto me iba a servir para distraerme y no pensar en mí mismo.

Fragmento de “La parábola de Gorski”:
Edición rústica: https://amzn.to/2Aw7EeC
Edición digital: https://amzn.to/2F9p2sS