AImagina que eres un hombre blanco, apuesto y tienes mucho dinero. De acuerdo a los estándares modernos de éxito occidental tienes una vida perfecta. Vives en un apartamento en Viale Majno, Milán. Recorres la ciudad en un Alfa Romeo Spider que, por supuesto, es rojo. Las mujeres y la buena comida nunca faltan. Tus apetitos son satisfechos a voluntad porque eres un socialité y sibarita consagrado. Sin embargo, hay un detalle.

Tu cumpleaños número cincuenta fue hace dos días y desde entonces no has podido dormir. Es un poco extraño. Nunca has sufrido de insomnio, salvo en contadas ocasiones de excesos en las que aspiraste demasiada cocaína con interminables litros de vodka, whisky o champaña, pero no es el caso. Tampoco has estado particularmente preocupado. Ahora sí, producto del insomnio.

Todo empieza con el sudor, un sudor que no está relacionado con la temperatura del ambiente. Un sudor que no es reacción y no responde a ningún estímulo, sino que es fabricado por tu cuerpo. En la cama cambias de posición una, dos, diez veces. Parece que comienzas a soñar, pero vuelves a despertar. Pasan cuatro horas, es imposible. Hay ‘algo’ que no te deja dormir, no sabes qué es. No es una idea, tampoco es emocional, eso sí lo sabes. Es físico, hay algo palpable que le impide a tu mente descansar, o a tu cerebro, es la palabra que deberías utilizar pero no quieres porque tienes miedo.

En ellos se manifestó muy pronto, eran mucho más jóvenes que tú, veintitrés y veintiséis años. Tú tienes cincuenta, pasó tanto tiempo que habías comenzado a olvidar, a creer que era posible, que quizás te habías salvado. Al quinto día vas a hablar con él y le preguntas cómo empezó todo. Él te cuenta que no hay secreto: un día simplemente ninguno de los dos pudo volver a dormir. Tú ya sabes eso y le pides los detalles. Te explica que no hay muchos, en ambas ocasiones sucedió exactamente lo mismo. Al principio pensaron que se trataba de algo normal, entonces intentaron hacer ejercicio, trabajar más durante el día y vencer el insomnio con cansancio, pero parecía que no tenía nada que ver con eso. La mente estaba agotada, pero el cerebro no conseguía dormir. Uno de los dos también sudaba, el menor. El otro nunca sudó, pero comenzó a sufrir de presión arterial alta y caminaba como sonámbulo. Hacía gestos con las manos como si estuviera dormido, pero en realidad estaba despierto. A veces soñaban, pero no servía de nada. Ambos vivieron meses así, pero era evidente que empeoraban. Su comportamiento era cada vez más extraño, el mayor empezó a mostrar signos de demencia al sexto mes, el menor, un poco más adelante. Era como si se deslizaran hacia un limbo, hacia una extraña frontera entre la vigilia y el sueño. Ambos perdieron peso y pronto fueron incapaces de ocuparse de sí mismos. Le preguntas qué quiere decir con eso y te explica que cerca del final; su madre tuvo que bañarlos y darles de comer porque ya no podían hacerlo solos. Estás pálido y te sudan las manos, él te pregunta qué pasa, por qué estás averiguando tantas cosas. Entonces le dices que tienes varios días sin dormir y que también estás sudando. Él te abraza, te abraza muy fuerte y puedes sentir que está llorando. Toma tu rostro con sus manos y te pide que busques ayuda, pero no hay mucho que hacer. Ha vuelto a pasar, tú sabías que podía pasar, te repite. La llama a ella y le cuenta todo, ha vuelto a pasar, repite. Comienzas a sentirte deprimido, un poco irritado tal vez, no entiendes por qué fuiste a hacer preguntas, apenas ha pasado una semana, puede ser cualquier cosa, qué esperabas que dijeran, sus hijos murieron así, fuiste a molestar, a incomodar y podías haberlo evitado. Inventas que tienes que irte y te despides, ambos te abrazan porque no quieren que te vayas. Mientras manejas, tu mente divaga entre conversaciones y recuerdos que no conducen a ninguna parte.

Está en tus genes. De noche sientes la sangre recorrer las venas hasta infectar tu cerebro. Tal vez no esté ahí, es probable que sea un tumor, un tumor en el hipotálamo, indetectable. Es imposible, ya lo habrían encontrado. Es el ADN, una mutación en la estructura molecular, algunas células son reprogramadas y atacan al cerebro. Tiene que ser el cerebro, o quizás sean hormonas y químicos los que producen el desbalance, un exceso de algo, una carencia. Tienes que ir al médico, no aguantas más. Pero a quién, ¿quién puede darte la respuesta que estás buscando?

Sabes cómo va a terminar tu historia, te dice. Hay numerosos casos en la familia, sin duda alguna el trastorno es hereditario. No hemos identificado la enfermedad, técnicamente no hay un diagnóstico pero sabemos lo que va a pasar. Te ofrece ayuda sincera, puedes ver que está realmente preocupado. Quiere involucrarse. Te propone un tratamiento experimental y una investigación exhaustiva, pero tienes que internarte. Cuentas con unos meses a lo sumo, entiendes que no hay vuelta atrás. Le dices que quieres pensarlo y sin motivo vuelves a la noche de tu cumpleaños. A los sonidos, los sabores y los olores, a la familia y los amigos. Entonces aparecen otros momentos, destellan como fragmentos de películas superpuestas, de tantas historias que has vivido, y vuelves a tu juventud, de nuevo eres un hombre, es desordenado y caótico pero incontenible. Ves sus cuerpos desnudos e intentas recordar cómo se llamaban pero ya se han ido. Tampoco logras reconocer sus rostros desdibujados por la neblina del tiempo. Algunos viajes, un atardecer en Capri y el viento sobre tu cara. Esa canción que no puedes recordar, pero la sensación del momento y de cómo te hizo sentir persisten en el vértigo que te atraviesa. Son tantas cosas, tantas cosas en las que no habías pensado durante años, personas que fueron importantes y que habías olvidado, cuánto ha pasado, cuánto ha dejado de importarte. Y justo ahora, ¿por qué ahora?, vuelven. ¿Por qué sientes que han venido a despedirse, que han regresado a ti una última vez antes de que todo cambie para siempre? Y así, con lágrimas en los ojos, iluminado de tristeza y profundamente agradecido, desbordado de nostalgia y de amor por lo que has perdido, vives tu último instante de lucidez. Has sido un hombre, ahora te convertirás en otra cosa.

La dignidad de entregar algo a la posteridad sin esperar nada a cambio. No porque no puedas recibirlo sino porque estás convencido de lo que debe hacerse. Piensas en eso, y también en los hijos que no tuviste durante breves lapsos de conciencia. Sueñas casi todo el tiempo, cada vez es más difícil entender que no estás durmiendo. Gracias a tu sacrificio vamos a encontrar la respuesta, te repite. Pero ya ha comenzado tu marcha en el laberinto y no puedes escucharlo. Morir es el vacío.

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