Dacio R. Medrano
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Disolvente universal

La monotonía del limpia parabrisas lo aburría desde hacía rato, y decidió encontrar una distracción en el incesante goteo, buscando algún tipo de música, pero era imposible. Suspiró y articuló un ruido para escuchar su propia voz. De pronto lo invadió un ocio reflexivo que, acondicionado por la humedad y el intenso frío, le hizo sentirse poeta. La cabeza apoyada en el vidrio ya pesaba de tanto esperar, y ahora un poco más que comenzaba a pensar. En su mente, como siempre, no había respuestas, un par de preguntas y poco más. Por qué, la palabra elegida era por qué, como la de todos los hombres en busca de sentido. Esperó un instante, intuyó que se anunciaba el ritmo, que aquel nudo de ideas se articulaba en algo que parecía imitar a la coherencia. Lo sintió arar surcos y abrir caminos descendiendo por el cráneo hasta el centro de su cuello. Tomó aire y dijo:

Si viniera a diluir el pasado, si llegara para expiar culpas, si en su oscuridad fuera posible volver a comenzar. Si pudiera arrastrar la violencia, si la ahogara y la perdiera en una descomunal demostración de fuerza. Si pudiera disolver la indiferencia y sus corrientes arrasaran con el rencor y el olvido universales; si pudiera quitar manchas y lavar nuestros errores. Si pudiera beberse y saciara la sed, si regara los campos y los hiciera florecer. (En este punto se detuvo convencido de que era un pésimo poeta, sin embargo continuó). Si no fuera una prueba y no destiñeran los colores, si no cayeran las máscaras que esconden los errores. Entonces valdría la pena. (Le sonó bien pero se dio cuenta de que había repetido la palabra “errores”)

Se había distraído, disfrutaba jugando a ser lo que no era mientras la ola de barro descendía indetenible hacia los autos. Desde la montaña caían enormes piedras que multiplicaban la violencia del agua. No la vio venir, todo se inundó inmediatamente por la masa ingente que lo arrasaba. Oyó el metal crujir y el chillido de las llantas al despegarse del pavimento. Un tubo roto perforó el vidrio y el lodo y los escombros comenzaron a entrar. No creyó que pudiera ahogarse, pero se sintió perdido al verse en medio de la marea que ya olía a muerte. Al saborear la tierra y el óxido del océano que se lo tragaba sentado en su auto, pensó que tal vez sería mejor despedirse. No quiso hacerlo. Aún con el zumbido en los oídos, aturdidos por el barro que inundaba los orificios de su cuerpo, pudo distinguir los gritos que pedían auxilio y rogaban por él. No podía moverse, su cuerpo se resistía a luchar. Entonces recordó el sonido del limpia parabrisas y le pareció el más hermoso del mundo, cerró los ojos e imaginó la música del goteo, la cabeza que pesa de tanto esperar y las palabras de un poema que jamás sería escrito.

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La parábola de Gorski – 10 de octubre

1Esta disposición a explicarse, a comunicar y exponer motivos, es una expresión atrofiada del deseo de posteridad. Analizar, crear y trascender, sobrevivir de algún modo, convertir nuestro trabajo en un legado, en la posibilidad de ser recordados cuando haya pasado nuestro tiempo. Evocados en la mente de extraños que se convierten en un puente hacia la eternidad.

¿Acaso no es la muerte nuestro único problema? La imposición grotesca, la ofensa original. La vida quiere vivir para siempre. El mal es la nada, la impenetrable oscuridad de los que son olvidados. El vacío, infinitamente frío y solitario. El tiempo es la espera de la muerte.

Vivía con su madre, su abuela, dos tíos y su hermano mayor en un apartamento sin agua ni electricidad. Dormían juntos en un cuarto demasiado pequeño. Frente al espejo, la mirada triste se abraza a la resistencia sostenida por la esperanza. Acaricia con sus manos las paredes, convencido de que ése no es su destino.

¿Por qué? ¿Dónde encuentra el material para fabricar sus sueños?

El mundo lo oprime y parece cerrarse frente a él, pero insiste arrojado por la voluntad de la apuesta. Ya la ha hecho aunque no lo sabe. Ha elegido la esperanza en el sentido y la confianza en la recompensa. Desde sus entrañas está llamado a consumar aquello para lo que ha nacido. Es sólo un niño de Argel, delgado, de frente amplia y grandes ojos ámbar, como la resina que atrapa a los insectos, revelan un proyecto imposible al que no le alcanzará el tiempo.

“Albert, es tarde. Ya no hay tiempo para desayunar”, dice su madre. Él apenas asiente con un vaso de leche entre sus manos. Recoge sus cosas y se prepara para salir, cada mañana camina diez minutos hasta la escuela. Le gusta bañarse en el mar cuando la tarde es roja, azul, violeta y naranja, y colorea el agua de metales fundidos, como el brillo del oro sobre un universo líquido.

Cierra los ojos; en su cuarto, acostado, en la mesa, mientras espera sentado, en el autobús, junto a la ventana, durante el receso, mientras los demás hablan. Primero llega el silencio y luego la suspensión de los otros, que lentamente se desvanecen en medio de parques y juegos. Entonces puede escuchar el viento y el rumor de la marea de puntillas sobre la arena del fondo. No se resiste a la atracción de la corriente, la orilla desaparece detrás de las olas, una y otra vez y cada vez más lejos, comienza a nadar y siente el agua fresca deslizarse sobre su cuerpo. Las gotas y la espuma rebosantes de luz como explosiones de estrellas. El sabor de la sal y las arrugas en los dedos. De noche abre los ojos y es aguijoneado por la duda, una duda que crece arraigada por el sedimento del tiempo, a profundidades desconocidas sobre las que no se atreve a pensar. Como una colonia abisal de algas y corales filosos mortalmente tóxicos.

Ahora es más flaco y se le ha amargado un poco la saliva. Los domingos sale a pasear por el boulevard y se sienta a tomar café con leche. La apuesta lo ha mantenido cerca de la gente, todavía siente el deseo de buscarlos.

– Mi padre murió en la Primera Guerra Mundial, en Charleroi. Era miembro del quinto ejército francés – dijo el hombre aspirando un cigarrillo mientras sostenía la tasa en la otra mano -, yo tenía nueve años, todavía me acuerdo de él… -, fumó un poco, Albert lo observaba -. Nada especial – continuó – un recuerdo tonto de esos. Me llevaba con él a comprar pan, leche y huevos. Yo no recuerdo el lugar, pero me veo caminando con él en la calle hacia a la bodega. Tenía un pantalón gris y llevaba chaqueta. Eso es todo…

– Mira ese perro -, dijo Albert señalando hacia adelante.

El perro, negro con manchas blancas, intentaba abrir una bolsa de basura con los dientes, la mordía y sacudía la cabeza de un lado a otro.

– Es un callejero ladrón – comentó el hombre.

Finalmente, el perro rasgó la bolsa y sacó un hueso de pollo. Se marchó acelerando el paso y se perdió entre la gente.

– Cuando mi padre no regresó, mi madre me dijo que las pérdidas habían sido muy grandes y que estábamos arruinados. ‘Lo bueno es que no volverá a pasar’, decía ella.

– Siempre sobreviven, hasta que alguien los mata… – dijo Albert mirando al perro alejarse en la distancia.

“Como una roca enorme que tritura tus hombros.

Hay sangre y heridas y el castigo del sol, los poros duelen abiertos: el sudor en tu frente, en tus ojos y en tu boca.

En tus brazos y en la piedra el peso insoportable, las rodillas quebradas, los pies destrozados llenos de polvo y tierra. La pendiente: larga, imposible. La pendiente larga e imposible. Tus músculos arden; la tensión vertebral y la piel desgarrada. El olor mineral de los montes desiertos. Cae la noche.

En nueve días llegarás y habrás de cargarla nuevamente, por primera vez y para siempre. Volver a comenzar para siempre.

Debes imaginarte feliz, y entonces serás un héroe”.

Murió años después en un accidente absurdo, más cerca de la fe que de la duda que lo angustió toda su vida. Porque es imposible deambular en el azar sin sentido, porque ningún hombre es Sísifo.

Un boleto de tren en el bolsillo y una propuesta que hubiese sido mejor no aceptar.

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