Dacio R. Medrano
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Cómo desaparecer completamente

Llamé a Reese y le dije que fuéramos a casa de Aston pero no quiso acompañarme. Hablamos en la tarde y me dijo que le parecía aburrido, que no quería salir, pero yo sabía que estaba deprimido. En aquellos días todos lo estábamos. La fiesta no fue gran cosa: Música, gente hablando, un poco de absenta y de coca. No me sentía bien, estaba predispuesto a que nada bueno sucediera aquella noche. Alguien cantó, pero no recuerdo quién. Conocí a Cameron y hablamos de Bob Dylan porque era lo que estaba sonando. Quería irme pero preferí no estar solo, pienso cosas terribles cuando estoy solo. Mientras hablaba con Cameron estaba seguro de que me veía estúpido, mostrando mi peor versión. Entonces quise levantarme y salir corriendo pero sólo bebí y sonreí. A las cuatro de la mañana tomé un autobús a casa y me quedé dormido apoyado sobre la ventana, viendo a la gente pasar, caminando por la calle mojada yendo a algún lugar. Imaginé que yo era uno de ellos y me sentí solo, patético.

Al día siguiente llamé a Cameron y le pedí que nos viéramos en el Viper, noté en su voz que no tenía ganas de verme. En ese momento pensé que no era la invitación sino yo lo que no le gustaba, pero insistí y terminó aceptando. Sabía que todos estarían allí, Reese también estaba. Me acerqué a saludarlos y me preguntaron qué hacía, les dije que esperaba a alguien. Sonrieron, hicieron alguna broma y siguieron conversando. Hablaban de drogas, de todo tipo de drogas. Charlie tenía coca y quería un poco de heroína para preparar una speedball. Yo quería hablar con Reese, sobre la fiesta, sobre Cameron, sobre el autobús y la gente en la calle, sobre Dylan, sobre tantas cosas. Sentía que perdíamos el tiempo, que todo se caía a pedazos y no éramos felices, que no hacíamos nada realmente, que estaba asustado y confundido y que teníamos que cambiar, tomar las cosas con calma. Hacer música, hablar y relajarnos un poco. Todos revisaban sus bolsillos buscando dinero o heroína o pastillas, mientras discutían y contaban los billetes.

Retrocedí lentamente, alejándome sin darme vuelta, tanteando una silla con la mano para sentarme. Me quedé observándolos. Yo era igual a ellos, pero hoy esperaba a Cameron. Se levantaron para ir al baño y me acerqué al bar para pedir un trago. Éramos fantasmas, espectros perdidos en medio de un sueño mal recordado. Se suponía que fuéramos algo, pero de algún modo lo habíamos olvidado.

Charlie salió del baño gritando y llorando, pedía ayuda pero yo no podía entender lo que decía. Varios entraron corriendo y encontraron a Reese convulsionando. – Es la speedball- dijo uno- ¡llama a una ambulancia que se está muriendo!

Escribí una carta. Nunca la envié, nadie la ha leído. No recuerdo qué decía. Hablaba del pasado, de Reese y de otras cosas. Algo acerca de una canción, de nuestros amigos, y de esta ciudad. Ya lo he olvidado. A veces vuelvo a casa caminando, y viendo los rostros ausentes que me esquivan evitando encontrarse con mis ojos, me pregunto qué es lo que hemos perdido y si podremos recuperarlo. Si es una de esas cosas que con el tiempo volvemos a encontrar, o que simplemente se ha ido y ha desaparecido por completo, sin dejar rastro.

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Réquiem

I

Algunos hombres creen haber descifrado el misterio del mundo. Aseguran haber visto lo que permanece oculto y se consagran a comunicar el mensaje. El poder de la verdad de la cual están convencidos es tan grande, que lentamente los consume y se apodera de sus cuerpos y mentes. No pueden existir sin convencernos de que la realidad subyace detrás de la ilusión en que vivimos.

Profetas, que sólo tienen palabras para revelar lo que se encuentra escondido. Que son juzgados, torturados o adorados, y sólo a veces escuchados.

Si aún hay alguien que recuerde a este hombre, tal vez lo llamó profeta.

II

– Lo que quiero decirte, y tengo que decirte es… Escúchame, escúchame bien – le dijo acercando su cara a la de él- Mírate, ¿qué pasa contigo? Estás mal, algo tiene que cambiar, no puedes seguir bebiendo así.

– Sí, sí, tú también estás borracho- gritó con una risa escandalosa- Estás aquí conmigo borracho ¡Absolutamente ebrios!

-Ramón…

Se inclinó hacia él para acercarse un poco más, después de un breve silencio continuó.

– La gente no te entiende, te has vuelto oscuro y más irónico, en el peor sentido posible, y es deprimente…ésa es la palabra, deprimente, verte noche tras noche balbuceando sobre lo inútiles que somos todos. Nadie permite que lo insulten en su propia casa. No sé qué pasa por tu cabeza, pero es lo que estás haciendo. Entras en sus casas y criticas su estilo de vida, sus creencias, sus gustos. Todo en nombre del programa y del canal. ¡Se supone que estamos de su lado! ¡Con ellos no en su contra! Yo no te entiendo, Vidal no te entiende y no podemos…

– ¡Bah! – lo interrumpió con un manotazo sobre la barra, sus ojos se habían encendido- qué quiere ese infeliz ¿censurarme? ¿Quiere que me calle? ¡Es imposible! ¡Es imposible volver a la ingenuidad de antes! ¡Por Dios abre los ojos, mira a toda esta gente!

– Ramón, no tienes que gritar…

– ¡Se está cayendo a pedazos! – siguió hablando como si no lo hubiese escuchado- Somos infelices, nada funciona como debería ¡Estamos hartos de las mentiras y del entretenimiento barato! Sí, las cosas tienen que cambiar- dijo señalándolo con el dedo- ¡y están cambiando! Nuestra responsabilidad es estar al frente de ese cambio ¡no retrasarlo!

– ¡Eres un animador, haces entrevistas y comentas noticias! Es entretenimiento maldita sea y ¡nadie te está viendo!

– ¡Entonces cambiemos! Vamos a empezar desde cero, un nuevo concepto, un espacio donde se le diga la verdad a la gente, lo que tienen que oír y…

– ¿La verdad? – lo interrumpió- ¿Qué verdad, hombre? ¡Estás perdiendo la cabeza, no eres un pastor, el canal no te contrató para evangelizar! Se te paga para comentar y entretener, con clase y profundidad, es cierto, ¡pero eso es todo! Ramón, no vamos a cambiar al mundo ¡entiéndelo de una vez!

– ¿Se me paga? ¿Qué carajo es esto, Alberto? – preguntó.

– El canal no puede acompañarte. Si es lo que quieres hacer, vas a tener que hacerlo en otra parte.

– ¿En otra parte? ¡Ese programa es mi casa! ¡Mi maldito escritorio, es mi oficina, es mío! Todo lo han conseguido por mí, porque la gente sabe que no miento y lo construí contigo, con el equipo, ¿cuántos años? ¡Ese hijo de puta de Vidal no puede hacer esto!

– Ramón, cálmate, piensa más allá de la borrachera por un instante. ¿Crees que tengo poder sobre esto? ¿De verdad piensas que existe la más remota posibilidad de que se haga lo que yo quiero?

– Entonces está decidido…

– No quieren que vuelvas, se acabó, Moncho. No va a haber último programa, no saldrás más al aire. Van a seguir con lo que ya está grabado.

– A esto viniste, a entregar el recado. Eres un peón, Alberto. Diez años en ese maldito canal y eres un estúpido mensajero.

– Vete a la mierda Ramón, vete a dormir. Voy a pedir la cuenta, yo pago…

– ¡Déjame en paz! ¡Vete tú a la mierda y llévalos a todos contigo! Me dan asco, son mierda…

– Ven a verme mañana y hablamos con calma…Ramón…

No hubo respuesta, Alberto se levantó y salió sin despedirse. Mientras Ramón estuvo sentado en la barra no dejó de hablar con el zumbido grave y continuo de su voz ronca. De vez en cuando levantaba el tono y podían escucharse algunas palabras, pero en seguida lo mandaban a callar y otra vez no se le entendía nada. Dos horas después, el dueño del bar llamó un taxi y le pidió que llevara a Ramón Echeverría hasta su casa. Estaba despeinado, como si hubiese dormido varios días en la calle. Tenía la camisa manchada de comida y de whisky, el saco mal puesto y arrugado. Cuando llegó al nuevo apartamento abrió la puerta con dificultad, se quejaba de algo, pero estaba muy cansado y enseguida se quedó dormido sin desvestirse.

Aquella noche soñó con una tormenta. Había pánico en las calles, la gente corría desesperada en busca de refugio. En la acera un profeta hablaba sobre el fin del mundo, no se detuvo hasta que fue arrasado por el viento. Luego cayó en la oscuridad, estaba solo, lo habían abandonado.

III

Días después se presentó en la oficina de Alberto Fiore, quien al verlo entrar lo observó con una mirada de compasión y tristeza, de esas que se lanzan al pasado, pero él no se dio cuenta. Ramón intentó convencerlo, sin éxito, de presentar un nuevo proyecto, producir un programa comprometido con la verdad y los valores de un gran canal de televisión, por la gloria de los viejos tiempos, completamente sobrio y renovado.

– Vidal no quiere verte al aire, es imposible, Moncho. No hay otra alternativa, de verdad no puedo hacer nada.

-Déjame despedirme. Anuncia que es el último programa, no me pueden echar así, aunque sea por el escándalo la gente tiene que verme. Es lo único que te pido. Concédeme esto y no hablaré mal de nadie, ni siquiera de Vidal.

Hubo silencio por unos segundos. Ramón miraba a Alberto mientras éste meditaba con una expresión que no supo leer.

– Voy a pensarlo. Y por favor no prometas imposibles, hombre, déjalo así -respondió finalmente- Voy a anunciarlo, prepara el editorial y lo conversamos. No hagas que me echen a mí del canal, por favor.

– Te van a echar de todos modos.

Ambos sonrieron. Ramón salió de la oficina confundido, caminando despacio, pero Alberto no pudo volver a trabajar de inmediato. Pensó en el pasado y en la amistad, en que la vida era injusta y a veces nos obliga a tomar decisiones absurdas. Luego sonó el teléfono y lo olvidó por completo. No volvió a pensar en Ramón Echeverría ni en ninguno de sus amigos.

En cambio, Ramón pensó en todos, tenía algo que decirle a cada uno de ellos. De haber podido, habría ido hasta sus casas para gritar lo que había callado por sesenta y cinco años. Pero era imposible. Sabía que no podía decir lo que quería. Su alma, la esencia del mensaje, se encontraba en un lugar inaccesible a las palabras. Quería hablar sobre la imposibilidad de la comunicación, sobre la insuficiencia del lenguaje y de la realidad que siempre se escapa, porque es infinitamente más compleja que lo que podemos decir. “No he hecho otra cosa que hablar” pensaba “lo único que hacemos es hablar. Y nadie entiende nada, lo que decimos no vale nada porque no estamos escuchando realmente. Quieren responder, no entender. Idiotas. Solo tienen miedo de aburrirse. La gran tragedia de este siglo es el aburrimiento y yo soy un mal payaso”.

– Un pésimo payaso- esto lo dijo en voz alta.

Entró al bar, pero una sensación de incomodidad y culpa lo atormentaba en cada paso. Cuando alcanzó la barra se le hizo insoportable. “¿Por qué este lugar es tan oscuro?” pensó “¿Qué esconden aquí? Se detuvo, imaginó el vaso en la mano, el hielo dando vueltas en su boca y el sabor a madera. Comenzó a salivar, pero sintió asco y no pudo sentarse. Tenía que salir, darse vuelta y no regresar jamás.

IV

No consiguió el tapón de la bañera, enrolló papel de baño junto a un pedazo de jabón que estaba tirado en el piso. Abrió la llave y bloqueó el desagüe. Mientras la tina se llenaba hizo un esfuerzo enorme por no pensar y reservarlo todo para cuando se hubiera sumergido. Le pareció que el agua era más turbia que antes. “Cloro” fue lo primero que se le vino a la mente.

El agua estaba muy caliente, le tomó un momento acostumbrarse. Se acostó de modo que sus rodillas y el resto de las piernas sobresalían apoyadas contra la pared, con el rostro hundido hasta la nariz. Bajo el agua podía oír el ruido del silencio, un pitido constante de timbre bajo y el ocasional crujido de las tuberías. Había olvidado su respiración y ya no la escuchaba. Los ojos se fijaron primero en los pies, tenía las uñas demasiado largas, luego en las venas moradas que trepaban desde sus tobillos. Le pareció que no era su cuerpo, de un modo inexplicable la imagen que había conservado de sí mismo era de cuando tenía veintisiete años. Se sintió viejo y que todo había terminado. “¿Quieres morirte? Sería bueno morirse” respondió en su mente. “Pero no eres capaz de hacerlo. No, tengo mucho miedo” dijo, “Pero ya no te gusta la vida. Sí, todavía me gusta”.

Alberto Fiore convenció a Fausto Vidal prometiéndole que el editorial del programa final sería breve y únicamente buscaría darle un “cierre de altura a un espacio de prestigio y trayectoria”, aunque en realidad no tenía idea de lo que iba a suceder. En el fondo esperaba que Ramón dijera alguna barbaridad y todo terminara con un escándalo. Así Echeverría podría desahogarse y el programa se despediría con un rating aceptable. ¿Qué era lo peor que podía pasar?

Durante la semana se le hizo gran promoción al programa, y aunque no despertó demasiado interés sí generó cierta tensión, especialmente dentro de los círculos del medio televisivo. Poco después, la expectativa aumentó cuando corrió el rumor de que Ramón Echeverría había desaparecido. Y efectivamente, Alberto, el único que entonces tenía contacto con él, no había podido localizarlo en varios días, pero sabía que Ramón estaría encerrado en alguna parte preparándose, no huyendo.

V

La piel mojada se deshace con el roce de los dedos. Se entretiene jugando con sus restos. Aplastándolos entre el dedo índice y el pulgar deja de luchar y permite que impere el caos, no son ideas lo que tiene: son imágenes, visiones del pasado, el presente y el futuro que se comprimen, se funden y se superponen como capas de pintura y metal ardiente en un derramamiento de eventos que emanan desde un lugar desconocido; pero está dentro de él, sin duda le pertenece. “No somos dignos de la libertad que nos ha sido otorgada, pero la debilidad no es nuestra culpa”, declaraba en su mente como en un discurso, “la falta de ser es original, tendríamos que ser algo más para alcanzar nuestro destino. Deberíamos haber sido otros, una verdadera imagen de algo mejor. ¿Cómo explicar esto? ¿Cómo despedirse de los cínicos? ¡Qué estupidez! ¿Por qué tendrían que escucharte? No digas nada, desaparece y olvídalos a todos. Tengo que irme. ¿A dónde? ¿Por qué te gusta la vida? ¿Por qué quieres seguir viviendo? ¡Cállate! Déjame pensar. Es inútil, nada de lo que digas hará ninguna diferencia. A nadie le importa, muérete. ¿Por qué no te mueres, borracho? Hay otros como yo, di algo por ellos, despídete en su nombre porque ya no tendrán voz. Viejo dramático. Eres un bufón de la caja idiota. No eres un mártir, eres parte del circo, estás manchado de engaño, apestas a mentira y mierda. Alcohólico. ¿Quién quiere escuchar a un alcohólico que engaña a su mujer y le miente a su familia? Ahórrate la vergüenza y púdrete, no digas nada, este no es tiempo de palabras. Vidal, piensa en Vidal. Te odia. ¡Yo lo odio! Porque eres un patiquín, un estirado que se cree superior a los demás. ¿Eres superior? ¿Tienes tú el derecho de hablar? ¿Hemos de hacer silencio para que tomes la palabra? ¡Déjame en paz! No se trata de mí, no me importa, ya no me importa. ¡Algo tiene que pasar, esta vida es insoportable, en eso estamos todos de acuerdo! Entonces, ¿qué vas a decirles? No lo sé, no sé nada”.

Cuando entró al camerino Alberto lo esperaba sentado con un cigarrillo. Jugaba a pasarlo entre sus dedos sin decidirse a encenderlo. Su expresión tenía una mezcla de frialdad y sumisión, la de un hombre que ha aceptado la realidad de las cosas. Estaba tranquilo, cualquier rastro de preocupación o ansiedad provenía de Ramón, que sin duda se hallaba al borde del colapso. Abrió la puerta desesperado, parecía que no había dormido en varios días. Su aspecto era lamentable: no se había afeitado y tenía la boca entre abierta, su mirada era la de un alucinado. Era temprano, había tiempo para relajarse y conversar, pero caminaba de un lado a otro pasándose las manos por la cabeza, suspirando y murmurando ocasionalmente.

– Esto es de parte del equipo – dijo Alberto extendiéndole un sobre con una carta- la firmaron todos.

– ¿Ah sí? – contestó indiferente sin detenerse. Al principio le irritó el gesto, pero unos segundos más tarde, y sin su consentimiento, una sensación de melancolía lo atravesó como un relámpago, pero apenas duró un instante.

– Tómala y guárdala, es mejor que la leas después.

– Sí, es mejor – contestó de forma automática. Por fin se detuvo y por primera vez parecía darse cuenta de que se encontraba en el camerino.

– Relájate, tenemos tiempo. En veinte minutos viene Lola para maquillarte –dijo Alberto con suavidad.

Ramón se sentó frente a él a menos de un metro, con las manos entre las piernas y la mirada perdida en algún lugar de sus zapatos, como si ahora el letargo se hubiese adueñado de él.

– Había preparado algo… -lo dijo buscando en el bolsillo interior de su saco sin sacar nada- Pero llegué aquí y de repente no tiene sentido…

– La gente quiere escucharte, Ramón. La respuesta ha sido buena. Piensa en el programa, en tu audiencia, en el mensaje. Puedes decir lo que quieras, todo está arreglado. No importa lo que pase allá adentro vas a terminar el editorial- Alberto iba a decirle que incluso el asunto con Vidal se había resuelto, pero Ramón empezó a hablar como si no lo estuviese escuchando.

– ¿Ha valido la pena? – permaneció unos segundos en silencio. Alberto también calló esperando que continuara- Recuerdo que Lidia ya estaba muy enferma, estábamos preocupados…No, asustados, estábamos asustados porque no sabíamos qué iba a suceder contigo. Tú no dijiste nada. Trabajabas más que nunca. Y sé que dejabas de ir al hospital y que a veces dormías en la oficina, pero nunca dijiste nada…

> Una vez fui a buscarte para revisar algo de un guion o cualquier cosa, ya no lo recuerdo. La puerta estaba entreabierta, me asomé y te vi sentado. Estabas sentado con los brazos sobre el escritorio y la expresión más devastadora que he visto en mi vida, la más triste. En tu cara podía ver que tu mundo se había derrumbado, pero elegiste no molestarnos, sólo seguiste trabajando…

Alberto lo miraba fijamente sin terminar de comprender lo que Ramón intentaba decirle.

– ¿Valió la pena? – insistió Ramón – Me pregunto, es lo único que me he preguntado desde hace años, ¿qué estamos haciendo? ¿Es el mundo, o al menos el país, un poco mejor por lo que hemos dicho aquí? Dime si están despiertos, si lo estuvieron alguna vez, si se hicieron más críticos y menos ingenuos. Dime si hablamos fuerte para que pudieran escucharnos. Yo no lo sé…y es definitivo.

Permanecieron callados por unos instantes, como si no fuera necesaria una respuesta.

– Yo siempre estuve convencido de lo que hacíamos- dijo de pronto Alberto- Nunca hice nada en lo que no creyera, eso es suficiente para mí. Es peligroso encerrarse en preguntas sin respuestas, Ramón. ¿Quién puede decirte lo que tú quieres? Y no es justo que te hayas aislado, que nos culpes a nosotros. Di lo que tengas que decir pero termina con esto, porque no es posible vivir como lo estás haciendo.

Al terminar de hablar, Alberto contempló el rostro de Ramón intentando descifrar su expresión, pero no consiguió demasiado. Ramón no estaba disponible, su mente y sus sentimientos se desplazaban hacia un lugar remoto, en trámite de despedida. Algo permanente y profundamente privado se hacía cargo de él, era irreversible. Alberto lo miró por última vez con los ojos de siempre y comprendió que a partir de ese momento nada volvería a ser lo mismo. Iba a levantarse para salir pero Ramón comenzó a hablar de nuevo.

– Hay una deficiencia en nuestra relación con la vida, de nuestra parte. He pensado mucho, mucho estos días… El mundo es mucho más de lo que podemos pensar y decir, tendríamos que convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos para siquiera aspirar a interpretarlo con cierta fidelidad. Y lo que enfrentamos es precisamente lo contrario, vivimos en una batalla perpetua, arrastrados por nuestras pasiones más bajas, aferrándonos con todas nuestras fuerzas para no caer. Pero ¡qué difícil es! Qué difícil es cuando en un alma conviven la nobleza, la compasión y la verdad con la puta, el asesino y el gánster. ¡Es lo que somos! No solo ellos o Vidal o los rateros de la esquina, sino tú y yo, en mayor o menor medida. Queremos dinero, sexo y violencia. Colócalos en el orden y cantidades que quieras, eso no importa, pero la trinidad ha hecho templos de nosotros. ¿Acaso es esta tríada la verdadera religión? ¿Es ésta la liberación que nos prometimos?

Ramón negaba suavemente con su cabeza, se había calmado, al menos físicamente, pero en sus ojos brillaba la fiebre como el fuego.

– Se intuye una sospecha – Alberto lo observaba atento- aún lejana, es apenas un pequeño punto imperceptible, pero su llegada es inminente. Lo que ha sido otorgado no es suficiente, el gran juego es una trampa. La vida lo es. Ya es demasiado tarde para denunciar, más aún en este lenguaje insuficiente. ¿Se entiende algo de lo que digo? Claro que no. Daría lo mismo que saliera a balbucear sobre cualquier cosa y seguirían allí perplejos ¡con los ojos de sapo bien abiertos! ¡Confundidos pero entretenidos! ¡Bla, bla, bla! ¡Ta, ta, ta! ¡Bla, bla, bla!…

Ramón se levantó gritando cada vez más fuerte, alzó los brazos y recorrió la habitación repitiendo una y otra vez lo mismo: “Bla, bla, bla”, “Ta, ta, ta”. Al verlo en ese estado, Alberto consideró cancelar el programa y utilizar un editorial de archivo como despedida. Pero cuando se acercó a él para hacerle reaccionar y calmarlo, Ramón se detuvo a escasos centímetros y le dijo con una lucidez inapelable:

– Vamos a hacer esto por última vez y esperemos que algo suceda.

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