Dacio R. Medrano
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La parábola de Gorski – 10 de octubre

1Esta disposición a explicarse, a comunicar y exponer motivos, es una expresión atrofiada del deseo de posteridad. Analizar, crear y trascender, sobrevivir de algún modo, convertir nuestro trabajo en un legado, en la posibilidad de ser recordados cuando haya pasado nuestro tiempo. Evocados en la mente de extraños que se convierten en un puente hacia la eternidad.

¿Acaso no es la muerte nuestro único problema? La imposición grotesca, la ofensa original. La vida quiere vivir para siempre. El mal es la nada, la impenetrable oscuridad de los que son olvidados. El vacío, infinitamente frío y solitario. El tiempo es la espera de la muerte.

Vivía con su madre, su abuela, dos tíos y su hermano mayor en un apartamento sin agua ni electricidad. Dormían juntos en un cuarto demasiado pequeño. Frente al espejo, la mirada triste se abraza a la resistencia sostenida por la esperanza. Acaricia con sus manos las paredes, convencido de que ése no es su destino.

¿Por qué? ¿Dónde encuentra el material para fabricar sus sueños?

El mundo lo oprime y parece cerrarse frente a él, pero insiste arrojado por la voluntad de la apuesta. Ya la ha hecho aunque no lo sabe. Ha elegido la esperanza en el sentido y la confianza en la recompensa. Desde sus entrañas está llamado a consumar aquello para lo que ha nacido. Es sólo un niño de Argel, delgado, de frente amplia y grandes ojos ámbar, como la resina que atrapa a los insectos, revelan un proyecto imposible al que no le alcanzará el tiempo.

“Albert, es tarde. Ya no hay tiempo para desayunar”, dice su madre. Él apenas asiente con un vaso de leche entre sus manos. Recoge sus cosas y se prepara para salir, cada mañana camina diez minutos hasta la escuela. Le gusta bañarse en el mar cuando la tarde es roja, azul, violeta y naranja, y colorea el agua de metales fundidos, como el brillo del oro sobre un universo líquido.

Cierra los ojos; en su cuarto, acostado, en la mesa, mientras espera sentado, en el autobús, junto a la ventana, durante el receso, mientras los demás hablan. Primero llega el silencio y luego la suspensión de los otros, que lentamente se desvanecen en medio de parques y juegos. Entonces puede escuchar el viento y el rumor de la marea de puntillas sobre la arena del fondo. No se resiste a la atracción de la corriente, la orilla desaparece detrás de las olas, una y otra vez y cada vez más lejos, comienza a nadar y siente el agua fresca deslizarse sobre su cuerpo. Las gotas y la espuma rebosantes de luz como explosiones de estrellas. El sabor de la sal y las arrugas en los dedos. De noche abre los ojos y es aguijoneado por la duda, una duda que crece arraigada por el sedimento del tiempo, a profundidades desconocidas sobre las que no se atreve a pensar. Como una colonia abisal de algas y corales filosos mortalmente tóxicos.

Ahora es más flaco y se le ha amargado un poco la saliva. Los domingos sale a pasear por el boulevard y se sienta a tomar café con leche. La apuesta lo ha mantenido cerca de la gente, todavía siente el deseo de buscarlos.

– Mi padre murió en la Primera Guerra Mundial, en Charleroi. Era miembro del quinto ejército francés – dijo el hombre aspirando un cigarrillo mientras sostenía la tasa en la otra mano -, yo tenía nueve años, todavía me acuerdo de él… -, fumó un poco, Albert lo observaba -. Nada especial – continuó – un recuerdo tonto de esos. Me llevaba con él a comprar pan, leche y huevos. Yo no recuerdo el lugar, pero me veo caminando con él en la calle hacia a la bodega. Tenía un pantalón gris y llevaba chaqueta. Eso es todo…

– Mira ese perro -, dijo Albert señalando hacia adelante.

El perro, negro con manchas blancas, intentaba abrir una bolsa de basura con los dientes, la mordía y sacudía la cabeza de un lado a otro.

– Es un callejero ladrón – comentó el hombre.

Finalmente, el perro rasgó la bolsa y sacó un hueso de pollo. Se marchó acelerando el paso y se perdió entre la gente.

– Cuando mi padre no regresó, mi madre me dijo que las pérdidas habían sido muy grandes y que estábamos arruinados. ‘Lo bueno es que no volverá a pasar’, decía ella.

– Siempre sobreviven, hasta que alguien los mata… – dijo Albert mirando al perro alejarse en la distancia.

“Como una roca enorme que tritura tus hombros.

Hay sangre y heridas y el castigo del sol, los poros duelen abiertos: el sudor en tu frente, en tus ojos y en tu boca.

En tus brazos y en la piedra el peso insoportable, las rodillas quebradas, los pies destrozados llenos de polvo y tierra. La pendiente: larga, imposible. La pendiente larga e imposible. Tus músculos arden; la tensión vertebral y la piel desgarrada. El olor mineral de los montes desiertos. Cae la noche.

En nueve días llegarás y habrás de cargarla nuevamente, por primera vez y para siempre. Volver a comenzar para siempre.

Debes imaginarte feliz, y entonces serás un héroe”.

Murió años después en un accidente absurdo, más cerca de la fe que de la duda que lo angustió toda su vida. Porque es imposible deambular en el azar sin sentido, porque ningún hombre es Sísifo.

Un boleto de tren en el bolsillo y una propuesta que hubiese sido mejor no aceptar.

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La parábola de Gorski – Abril – 1:58

AImagina que eres un hombre blanco, apuesto y tienes mucho dinero. De acuerdo a los estándares modernos de éxito occidental tienes una vida perfecta. Vives en un apartamento en Viale Majno, Milán. Recorres la ciudad en un Alfa Romeo Spider que, por supuesto, es rojo. Las mujeres y la buena comida nunca faltan. Tus apetitos son satisfechos a voluntad porque eres un socialité y sibarita consagrado. Sin embargo, hay un detalle.

Tu cumpleaños número cincuenta fue hace dos días y desde entonces no has podido dormir. Es un poco extraño. Nunca has sufrido de insomnio, salvo en contadas ocasiones de excesos en las que aspiraste demasiada cocaína con interminables litros de vodka, whisky o champaña, pero no es el caso. Tampoco has estado particularmente preocupado. Ahora sí, producto del insomnio.

Todo empieza con el sudor, un sudor que no está relacionado con la temperatura del ambiente. Un sudor que no es reacción y no responde a ningún estímulo, sino que es fabricado por tu cuerpo. En la cama cambias de posición una, dos, diez veces. Parece que comienzas a soñar, pero vuelves a despertar. Pasan cuatro horas, es imposible. Hay ‘algo’ que no te deja dormir, no sabes qué es. No es una idea, tampoco es emocional, eso sí lo sabes. Es físico, hay algo palpable que le impide a tu mente descansar, o a tu cerebro, es la palabra que deberías utilizar pero no quieres porque tienes miedo.

En ellos se manifestó muy pronto, eran mucho más jóvenes que tú, veintitrés y veintiséis años. Tú tienes cincuenta, pasó tanto tiempo que habías comenzado a olvidar, a creer que era posible, que quizás te habías salvado. Al quinto día vas a hablar con él y le preguntas cómo empezó todo. Él te cuenta que no hay secreto: un día simplemente ninguno de los dos pudo volver a dormir. Tú ya sabes eso y le pides los detalles. Te explica que no hay muchos, en ambas ocasiones sucedió exactamente lo mismo. Al principio pensaron que se trataba de algo normal, entonces intentaron hacer ejercicio, trabajar más durante el día y vencer el insomnio con cansancio, pero parecía que no tenía nada que ver con eso. La mente estaba agotada, pero el cerebro no conseguía dormir. Uno de los dos también sudaba, el menor. El otro nunca sudó, pero comenzó a sufrir de presión arterial alta y caminaba como sonámbulo. Hacía gestos con las manos como si estuviera dormido, pero en realidad estaba despierto. A veces soñaban, pero no servía de nada. Ambos vivieron meses así, pero era evidente que empeoraban. Su comportamiento era cada vez más extraño, el mayor empezó a mostrar signos de demencia al sexto mes, el menor, un poco más adelante. Era como si se deslizaran hacia un limbo, hacia una extraña frontera entre la vigilia y el sueño. Ambos perdieron peso y pronto fueron incapaces de ocuparse de sí mismos. Le preguntas qué quiere decir con eso y te explica que cerca del final; su madre tuvo que bañarlos y darles de comer porque ya no podían hacerlo solos. Estás pálido y te sudan las manos, él te pregunta qué pasa, por qué estás averiguando tantas cosas. Entonces le dices que tienes varios días sin dormir y que también estás sudando. Él te abraza, te abraza muy fuerte y puedes sentir que está llorando. Toma tu rostro con sus manos y te pide que busques ayuda, pero no hay mucho que hacer. Ha vuelto a pasar, tú sabías que podía pasar, te repite. La llama a ella y le cuenta todo, ha vuelto a pasar, repite. Comienzas a sentirte deprimido, un poco irritado tal vez, no entiendes por qué fuiste a hacer preguntas, apenas ha pasado una semana, puede ser cualquier cosa, qué esperabas que dijeran, sus hijos murieron así, fuiste a molestar, a incomodar y podías haberlo evitado. Inventas que tienes que irte y te despides, ambos te abrazan porque no quieren que te vayas. Mientras manejas, tu mente divaga entre conversaciones y recuerdos que no conducen a ninguna parte.

Está en tus genes. De noche sientes la sangre recorrer las venas hasta infectar tu cerebro. Tal vez no esté ahí, es probable que sea un tumor, un tumor en el hipotálamo, indetectable. Es imposible, ya lo habrían encontrado. Es el ADN, una mutación en la estructura molecular, algunas células son reprogramadas y atacan al cerebro. Tiene que ser el cerebro, o quizás sean hormonas y químicos los que producen el desbalance, un exceso de algo, una carencia. Tienes que ir al médico, no aguantas más. Pero a quién, ¿quién puede darte la respuesta que estás buscando?

Sabes cómo va a terminar tu historia, te dice. Hay numerosos casos en la familia, sin duda alguna el trastorno es hereditario. No hemos identificado la enfermedad, técnicamente no hay un diagnóstico pero sabemos lo que va a pasar. Te ofrece ayuda sincera, puedes ver que está realmente preocupado. Quiere involucrarse. Te propone un tratamiento experimental y una investigación exhaustiva, pero tienes que internarte. Cuentas con unos meses a lo sumo, entiendes que no hay vuelta atrás. Le dices que quieres pensarlo y sin motivo vuelves a la noche de tu cumpleaños. A los sonidos, los sabores y los olores, a la familia y los amigos. Entonces aparecen otros momentos, destellan como fragmentos de películas superpuestas, de tantas historias que has vivido, y vuelves a tu juventud, de nuevo eres un hombre, es desordenado y caótico pero incontenible. Ves sus cuerpos desnudos e intentas recordar cómo se llamaban pero ya se han ido. Tampoco logras reconocer sus rostros desdibujados por la neblina del tiempo. Algunos viajes, un atardecer en Capri y el viento sobre tu cara. Esa canción que no puedes recordar, pero la sensación del momento y de cómo te hizo sentir persisten en el vértigo que te atraviesa. Son tantas cosas, tantas cosas en las que no habías pensado durante años, personas que fueron importantes y que habías olvidado, cuánto ha pasado, cuánto ha dejado de importarte. Y justo ahora, ¿por qué ahora?, vuelven. ¿Por qué sientes que han venido a despedirse, que han regresado a ti una última vez antes de que todo cambie para siempre? Y así, con lágrimas en los ojos, iluminado de tristeza y profundamente agradecido, desbordado de nostalgia y de amor por lo que has perdido, vives tu último instante de lucidez. Has sido un hombre, ahora te convertirás en otra cosa.

La dignidad de entregar algo a la posteridad sin esperar nada a cambio. No porque no puedas recibirlo sino porque estás convencido de lo que debe hacerse. Piensas en eso, y también en los hijos que no tuviste durante breves lapsos de conciencia. Sueñas casi todo el tiempo, cada vez es más difícil entender que no estás durmiendo. Gracias a tu sacrificio vamos a encontrar la respuesta, te repite. Pero ya ha comenzado tu marcha en el laberinto y no puedes escucharlo. Morir es el vacío.

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