Dacio R. Medrano
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14 de julio – 1:17 am

La gente tiende a asociar la soledad con lo físico, con una presencia convertida en ausencia; de uno mismo o de otros, de los que ya no están o nunca han estado. Pero estar solo es muchas cosas, es una condición compleja, y a veces es un modo de ser.

Cuando ninguna palabra expresa lo que sientes y las ideas deambulan sin sentido ni forma, estás solo. No ser comprendido es estar solo; tener que morir es estar profundamente solo. Las expectativas y los fracasos, los sueños que no se cumplen y la mirada ante el espejo; todo eso es estar solo. La mano que escribe y la vejez son estar solo. Pero sobre todo el tiempo, la soledad se parece al tiempo.

Ayer, después de cerrar el estudio, salí a dar una vuelta. No tenía planes pero necesitaba hablar con alguien. Después de caminar varias cuadras entré a un bar que había visitado un par de veces antes. Se llama El Templo. Durante los días de semana no suele haber mucha gente, algunos regulares y quizás un tipo que está de paso como yo. Me senté en la barra y pedí un vodka con jugo de arándano, pero el barman me dijo que no tenía. Acepté la sugerencia del jugo de naranja con granadina. Mientras lo servía se refirió al trago como un ‘clásico’, en mi opinión es más bien típico, cercano a lo ordinario. En la barra también estaba sentado un hombre de unos treinta años, no parecía uno de los regulares, que suelen ocupar las mesas del fondo. No sé si escuchó la conversación o se dio cuenta del descontento en mi cara, pero unos segundos después hizo un comentario sobre el trago.

– Pocos bares tienen jugo de arándano.

Lo dijo buscando mis ojos, intentando hacer conversación. No respondí nada, levanté mi vaso con una mueca de frustración en una especie de brindis resignado.

– No es un trago de bebedores. Los que vienen a tomar de verdad piden otras cosas. Al bar no le convienen los tragos casuales, ¿no es así, amigo? – preguntó dirigiéndose al barman.

Yo también lo miré, el cantinero contestó mientras ordenaba unos vasos sin levantar la cara:

– Todos los clientes son bienvenidos.

Fue lo único que dijo. Nosotros nos miramos y brindamos en silencio. Pasaron dos o tres minutos, sabía que volvería a hablar.

– ¿Mal día? – preguntó.

– No. Salí del trabajo y no quería irme a casa. Entré aquí por casualidad.

Él esperaba mis preguntas pero no hice ninguna, sabía que no necesitaba mi ayuda para seguir hablando.

– Vives cerca… – dijo afirmando y preguntando al mismo tiempo, respondí que sí -. Yo también. No hago esto seguido, pero hoy tenía que salir.

Le pregunté por qué sabiendo lo que eso desencadenaría. Preferí escuchar, no quería hablar de mí ni empezar a contar historias. Últimamente me he sentido un poco frustrado con el tema del libro y el proyecto, creo que estoy estancado. Al menos esto me iba a servir para distraerme y no pensar en mí mismo.

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La parábola de Gorski – 10 de octubre

1Esta disposición a explicarse, a comunicar y exponer motivos, es una expresión atrofiada del deseo de posteridad. Analizar, crear y trascender, sobrevivir de algún modo, convertir nuestro trabajo en un legado, en la posibilidad de ser recordados cuando haya pasado nuestro tiempo. Evocados en la mente de extraños que se convierten en un puente hacia la eternidad.

¿Acaso no es la muerte nuestro único problema? La imposición grotesca, la ofensa original. La vida quiere vivir para siempre. El mal es la nada, la impenetrable oscuridad de los que son olvidados. El vacío, infinitamente frío y solitario. El tiempo es la espera de la muerte.

Vivía con su madre, su abuela, dos tíos y su hermano mayor en un apartamento sin agua ni electricidad. Dormían juntos en un cuarto demasiado pequeño. Frente al espejo, la mirada triste se abraza a la resistencia sostenida por la esperanza. Acaricia con sus manos las paredes, convencido de que ése no es su destino.

¿Por qué? ¿Dónde encuentra el material para fabricar sus sueños?

El mundo lo oprime y parece cerrarse frente a él, pero insiste arrojado por la voluntad de la apuesta. Ya la ha hecho aunque no lo sabe. Ha elegido la esperanza en el sentido y la confianza en la recompensa. Desde sus entrañas está llamado a consumar aquello para lo que ha nacido. Es sólo un niño de Argel, delgado, de frente amplia y grandes ojos ámbar, como la resina que atrapa a los insectos, revelan un proyecto imposible al que no le alcanzará el tiempo.

“Albert, es tarde. Ya no hay tiempo para desayunar”, dice su madre. Él apenas asiente con un vaso de leche entre sus manos. Recoge sus cosas y se prepara para salir, cada mañana camina diez minutos hasta la escuela. Le gusta bañarse en el mar cuando la tarde es roja, azul, violeta y naranja, y colorea el agua de metales fundidos, como el brillo del oro sobre un universo líquido.

Cierra los ojos; en su cuarto, acostado, en la mesa, mientras espera sentado, en el autobús, junto a la ventana, durante el receso, mientras los demás hablan. Primero llega el silencio y luego la suspensión de los otros, que lentamente se desvanecen en medio de parques y juegos. Entonces puede escuchar el viento y el rumor de la marea de puntillas sobre la arena del fondo. No se resiste a la atracción de la corriente, la orilla desaparece detrás de las olas, una y otra vez y cada vez más lejos, comienza a nadar y siente el agua fresca deslizarse sobre su cuerpo. Las gotas y la espuma rebosantes de luz como explosiones de estrellas. El sabor de la sal y las arrugas en los dedos. De noche abre los ojos y es aguijoneado por la duda, una duda que crece arraigada por el sedimento del tiempo, a profundidades desconocidas sobre las que no se atreve a pensar. Como una colonia abisal de algas y corales filosos mortalmente tóxicos.

Ahora es más flaco y se le ha amargado un poco la saliva. Los domingos sale a pasear por el boulevard y se sienta a tomar café con leche. La apuesta lo ha mantenido cerca de la gente, todavía siente el deseo de buscarlos.

– Mi padre murió en la Primera Guerra Mundial, en Charleroi. Era miembro del quinto ejército francés – dijo el hombre aspirando un cigarrillo mientras sostenía la tasa en la otra mano -, yo tenía nueve años, todavía me acuerdo de él… -, fumó un poco, Albert lo observaba -. Nada especial – continuó – un recuerdo tonto de esos. Me llevaba con él a comprar pan, leche y huevos. Yo no recuerdo el lugar, pero me veo caminando con él en la calle hacia a la bodega. Tenía un pantalón gris y llevaba chaqueta. Eso es todo…

– Mira ese perro -, dijo Albert señalando hacia adelante.

El perro, negro con manchas blancas, intentaba abrir una bolsa de basura con los dientes, la mordía y sacudía la cabeza de un lado a otro.

– Es un callejero ladrón – comentó el hombre.

Finalmente, el perro rasgó la bolsa y sacó un hueso de pollo. Se marchó acelerando el paso y se perdió entre la gente.

– Cuando mi padre no regresó, mi madre me dijo que las pérdidas habían sido muy grandes y que estábamos arruinados. ‘Lo bueno es que no volverá a pasar’, decía ella.

– Siempre sobreviven, hasta que alguien los mata… – dijo Albert mirando al perro alejarse en la distancia.

“Como una roca enorme que tritura tus hombros.

Hay sangre y heridas y el castigo del sol, los poros duelen abiertos: el sudor en tu frente, en tus ojos y en tu boca.

En tus brazos y en la piedra el peso insoportable, las rodillas quebradas, los pies destrozados llenos de polvo y tierra. La pendiente: larga, imposible. La pendiente larga e imposible. Tus músculos arden; la tensión vertebral y la piel desgarrada. El olor mineral de los montes desiertos. Cae la noche.

En nueve días llegarás y habrás de cargarla nuevamente, por primera vez y para siempre. Volver a comenzar para siempre.

Debes imaginarte feliz, y entonces serás un héroe”.

Murió años después en un accidente absurdo, más cerca de la fe que de la duda que lo angustió toda su vida. Porque es imposible deambular en el azar sin sentido, porque ningún hombre es Sísifo.

Un boleto de tren en el bolsillo y una propuesta que hubiese sido mejor no aceptar.

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