Las bocanadas de Jeff Bridges

Una vez leí una encuesta en la que había que elegir entre vivir sin sexo o sin música. Ochenta por ciento respondió que prefería vivir sin sexo. Todo es música. Podría acostumbrarme al celibato pero no al silencio, me imagino un mundo sin Marilyn Monroe pero no sin Elvis ¿Qué clase de lugar sería ese? Creo que tenía nueve años cuando escuché una canción por primera vez (con conciencia al menos) y pensé que nada me había hecho sentir así. Fue como si antes de oír música hubiese estado medio muerto. Así entiendo este asunto: la música es vida y todos estamos medio muertos. Y Dylan, Hendrix, Lennon y McCartney y Reed y todos los grandes nos elevan un poco para poder vivir a ratos.

A los 14 años intenté hacer música, me encerré en mi cuarto por semanas y lo único que hice fue componer y escribir. Era una basura. La música que escuchaba era mágica, épica y grandiosa pero la que yo hacía era absolutamente patética. Entonces una breve epifanía reveló mi trágico e insignificante destino: reconocer lo bueno, pero no poder crearlo jamás.

Comencé a hacerme artista a través de mis canciones favoritas, grababa casetes y se los regalaba a mis amigos en el colegio. A casi todos les gustaban, incluso me hice famoso, no demasiado, por mis cintas y mi buen gusto. En mi mejor época conseguía venderlas o cambiarlas por cigarrillos. De vez en cuando las muchachas se acercaban a preguntarme por bandas y canciones, pero nunca sucedía nada más porque era bastante feo. Todavía lo soy, pero creo que un poco menos, la madurez otorga un atractivo especial cuando se ha vivido bien. En fin, ya sin saberlo era un crítico. Mi misión era regalarles a los mortales lo bueno y alejarlos de lo feo, como yo. Más tarde empecé a incluir pequeñas notas que entregaba con los casetes, en las que contaba historias de las bandas y explicaba el significado de algunas letras. Gran parte de lo que escribía lo inventaba porque en aquel entonces no sabía inglés, salvo tres o cuatro palabras, y no podía entender lo que decían. Pero escribía lo que sentía y me creían porque parecía cierto, mi sinceridad generaba la ilusión de la verdad.

Ya entonces era igual de pasional: mitificaba lo que amaba y destruía lo que odiaba con el mismo fervor. De un modo muy extraño me encantaba conseguir alguna banda horrible para contarle al mundo cuánto la detestaba. Me pasaba lo mismo con la gente. Empecé a obsesionarme con los rockstars, con sus estilos de vida y sus personalidades, sólo me interesaba la gente que pudiera idolatrar u odiar. Pasiones viscerales y emociones intensas. Me aburría la gente normal y eso no ha cambiado. Me interesan las cumbres y los picos, las estrellas incandescentes, el fuego que consume y el vértigo psicodélico, el drama, la destrucción y la muerte. La tragedia de la fama, que es una exageración obscena y grotesca, pero mucho más divertida, de la tragedia de la vida. Esa es mi adicción. Sólo el que ha estado ahí puede entender lo que significa; el amargo dulce del alcohol mezclado con el humo y la sangre en la boca, entre el roce de las lenguas y los cuerpos, invocando el fin del mundo y la eternidad de la noche, perdidos en el sonido y en la grandeza del ruido. El sex, drugs & rock n’ roll que todos repiten pero no conocen. Tres de las palabras más amadas, abusadas e incomprendidas de la historia.

En estas cosas el buen gusto no es suficiente. Es importante, sin duda, pero no es lo esencial. Hay que tener una visión particular, una cierta capacidad para leer a las personas. Sintonizar, si se quiere, con su frecuencia individual. No es algo sencillo, las personalidades y los estilos son muy diferentes, miles de variaciones y combinaciones que a simple vista parecen lo mismo, pero no lo son.

Siempre he creído que el exterior de la gente refleja su espíritu, el carácter de su alma. En su apariencia hay una clave para descifrar lo que está adentro, pero en unos es más evidente que en otros. Cuando estás frente a uno de estos tipos, de los distintos, reconocerlos es realmente sencillo. Podrías meterlos en un salón con quinientas personas de todas las edades, sexos y estratos, y señalarlos sin ningún problema. Poseen un aura, una energía que los envuelve y los separa del resto. Su forma de caminar, de lucir la ropa, la manera de hablar con un tono y un acento particular, es irrepetible. Y cómo fuman, muchos de ellos son grandes fumadores, notables en todo sentido. Como Jeff Bridges, nadie fuma como Jeff Bridges. El Dude es una leyenda y un verdadero rockstar, aunque en esencia sea un actor. En nuestras manos un cigarrillo es vulgar, cancerígeno y trivial. En las suyas es un modo de vida, es estilo y rebeldía, un universo de gestos y comentarios sobre nuestra cultura banal y frívola. Una sátira del cinismo pop, un símbolo de resistencia y desdén, una picardía que desafía a la muerte, y a nosotros con ella. Un ejercicio de terquedad y libertad que lo separa de los mortales. No es algo que se aprenda. El verdadero artista nace, no se hace. Aunque incomode es mejor aceptarlo, no pasa nada. Algunos nacimos para mirar y otros para brillar allá arriba, así es como debe ser. En el cielo no hay espacio para falsos astros, eventualmente la oscuridad los reclama. Es un lugar común, pero hay que repetirlo porque todavía muchos no logran entenderlo.

La primera vez que vi a Reese Cunningham sobre un escenario entendí que era uno de los diferentes. No tenía que pensar ni esforzarse, todo era natural en él. Era sólo un chico, pero cantaba y dominaba al público como un veterano, como si su destino fuera estar allí arriba haciendo lo único que sabía hacer.

Después del show, ese mismo día, entré al camerino y charlamos un poco. Irradiaba una fuerza primordial, de esas que te abrazan y por un instante te convierten en el centro del mundo. Lo entregaba todo, su esencia estaba allí expuesta intentando conectar contigo, alimentándose de ti y entregándote a cambio algo mucho más valioso. Era uno de esos grandes que logran tocar la Fuente y canalizar a través de ella un poco de vida, verdadera Vida en forma de arte y música o algo que las supera; la expresión más sublime y trascendental que alguien pueda experimentar. Es un breve instante, apenas un segundo o tal vez menos, de absoluta realización, de belleza perfecta. Eterna, infinita y libre. No es una cuestión de criterio estético, es una manera de existir.

Cuando pasó lo que pasó muchos criticaron a su familia, a sus amigos y al propio Reese, a pesar de que perdió la vida o precisamente por ello. “Desperdicio” y “Estupidez” fueron las palabras que escuché con mayor frecuencia, los más reservados hablaron de tragedia. Y sí, desde un punto de vista superficial y desencantado podían referirse a su muerte en esos términos, pero su vida no puede ser juzgada de la misma manera. Tendrían que haberlo visto a los ojos y descubrir en ellos la insalvable distancia que lo separaba del mundo. La vasta soledad. Demasiado fuego, un deseo irrefrenable que no cabe en un solo cuerpo; la lujuria por la vida y la libertad como ley absoluta. La ilusión de la inmortalidad y la desolación del desengaño.

Una vez escuché que algunos caballos salvajes galopan y recorren el desierto sin poder detenerse. Desconocen los límites de sus cuerpos, y sin un jinete que los conduzca marchan hasta que les estalla el corazón y se desploman fulminados. Es la muerte poética de quienes lo entregan todo; nunca es suficiente y nada más importa. Son los héroes absurdos de este coliseo en el que es imposible ganar.

Encontraron a Reese inconsciente en un baño y falleció tendido sobre una acera de California, pero es sólo una anécdota que no vale la pena recordar.

La muerte es el futuro, y hay que vivir para merecer el instante. Pero no es más que eso, es sólo un instante.

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